Cómo escribir el primer capítulo de una novela

El primer capítulo de tu novela es uno de los más importantes y más difíciles de escribir. También suele ser el capítulo que más reescritura necesita a lo largo del proceso de revisión. Las primeras páginas de tu novela funcionan como «gancho» y por eso es esencial que tengas claro cómo empezar bien una novela. Es la primera impresión que se va a llevar el lector sobre tu historia. Tienes la importante tarea de atraparle y convencerle de que merece la pena seguir leyendo.

 

El primer capítulo: el «gancho» de la novela

Primero de todo: el primer capítulo de tu novela no tienes por qué escribirlo al principio. Enfrentarte a la página en blanco puede intimidar bastante, y algunos escritores se quedan semanas atascados en ese primer capítulo (o esa primera frase), sin encontrar el modo adecuado de arrancar su historia. Por eso me parece importante recordarte que, cuando lo que estás escribiendo es un primer borrador, puedes tomarte la licencia de saltarte esa parte, si te resulta demasiado difícil o imponente en ese momento, y comenzar a escribir por cualquier otra escena. Ya habrá tiempo de retocar el primer capítulo, o incluso de escribirlo una vez tengas encaminada tu historia.

La función más importante del primer capítulo es la de suscitar la curiosidad del lector. De un modo u otro, debes darle al lector un motivo para seguir leyendo y comprometerse a seguir con tu historia a lo largo de todas sus páginas.

Hay muchas formas de infundir esa curiosidad al lector: planteando preguntas, sembrando dudas o causando extrañeza, por ejemplo. Puedes hacerlo presentando un lugar fascinante, un personaje peculiar, una situación extraña o peligrosa, un objeto misterioso, unas palabras fuera de contexto. El primer párrafo debería crear una tensión que empuje al lector a seguir leyendo para resolverla.

Solo hay que tener claro que aquello que siembres en este inicio tendrá que ser cosechado al final. Quiero decir con esto que no ofrezcas nada al lector que no vayas a cumplir, o de ese modo habrás traicionado sus expectativas y su confianza. No hay nada peor que hacer creer al lector que va a encontrar una gran misterio, por poner un ejemplo, y que luego la trama no tenga nada que ver con eso.

También es importante conseguir que el lector conecte con tu protagonista en esas primeras páginas. Procura dejar claro cuanto antes el objetivo, la motivación y el conflicto del personaje. La motivación, sobre todo, es uno de los aspectos más importantes a desarrollar durante los primeros capítulos, especialmente aquello que está en juego para el protagonista. Es decir, qué puede ganar (o perder) si tiene éxito (o fracasa) en su objetivo.

Tan relevante como el comienzo de tu primer capítulo es la conclusión del mismo. Si con esa primera frase o párrafo has logrado captar la atención del lector, asegúrate de mantenerla también en el último párrafo. Porque es ese último párrafo el que incita a leer el siguiente capítulo. Si la primera frase es como una especie de anzuelo para que pique la curiosidad del lector, el final debería ser como una puerta abierta que invita a entrar en ese mundo que has presentado en las primeras páginas. Es aquí, al final del primer capítulo, uno de los lugares estratégicos en donde mejor funcionan los cliffhangers.

Formas de comenzar una novela

Las primeras páginas de tu novela no solo deben intrigar al lector lo suficiente para seguir leyendo, sino ofrecer además una expectativa de qué es lo que va a encontrar en el resto del libro si lo hace. Tu primer capítulo debería introducir a los personajes, el escenario y la trama principal de la forma más atractiva posible.También debería estar ligado de alguna forma al tema. Otro elemento importante en el comienzo de la novela es la voz narrativa: gracias a ella podrás fijar el tono de la novela. 

Algunas formas habituales de comenzar una historia son:

Declaración del narrador

Esta apertura es una de mis favoritas: es aquella donde el narrador lanza una reflexión o afirma algo que, de alguna forma, rompe nuestros esquemas y nos invita a seguir leyendo para saber más acerca de lo que ha querido decir o por qué lo ha dicho. 

A veces el atractivo no reside en lo que el narrador dice, sino en cómo lo dice. Por ejemplo, en los narradores no confiables (o narradores «mentirosos») suele haber desde el principio algo que nos escama, que nos hace desconfiar.

Descripción del escenario:

En determinados géneros, donde el escenario es igual de importante que los personajes, puede ser interesante comenzar con una inmersión en el universo donde va a transcurrir la historia. Esto sucede, por ejemplo, con el género histórico, el fantástico, la ciencia ficción, la literatura de viajes, la novela de aventuras… Este tipo de comienzo era también habitual en la novela realista del XIX.

Si eliges abrir tu novela describiendo el escenario, trata de recordar que el espacio suele ir ligado a la trama y a la caracterización de personajes. Muchas veces el lugar es un símbolo.  Un ejemplo perfecto de esto es el comienzo de Misericordia de Galdós.

De todas formas, sea el género que sea tu novela, siempre es importante ofrecer ciertas pinceladas del escenario a lo largo de este primer capítulo, para ayudar así a situar la escena en su contexto

Descripción del personaje

Los personajes son el núcleo de la novela, y por eso es habitual abrir la historia con ellos. Por ejemplo, a través de una descripción pura, o bien a través de una reflexión o un recuerdo. Lo importante es caracterizar al personaje de un modo dinámico y presentar su motivación cuanto antes para que el lector pueda conectar fácilmente con él.

Lo habitual es presentar al personaje protagonista, pero también hay otras opciones. Por ejemplo, en Los miserables, de Víctor Hugo, se abre la novela con la presentación del obispo de Digne, un personaje casi tangencial que solo aparecerá en unas pocas páginas de la inmensa obra. Sin embargo, este personaje es crucial en la motivación principal de Jean Valjean, el protagonista, por la promesa que le hace y lo que representa para él.

Con una acción

Empezar lo más cerca de una acción posible es una buena estrategia, porque es una forma rápida de conectar con el lector e implicarle en lo que está sucediendo. Las acciones son además una forma dinámica de caracterizar a los personajes y facilitar la conexión del lector con ellos. Casi siempre, unida a la acción suele ir el conflicto, que es otra buena manera de enganchar al lector y construir esa tensión que obliga a pasar páginas de la que te hablaba al principio.

Diálogo

Abrir la novela con un diálogo nos permite aportar información sobre los personajes, el escenario y la trama de una forma atractiva. El diálogo impone un ritmo rápido (al contrario que la descripción), y por eso, aunque no siempre ocupa la primera línea, suele aparecer a lo largo de ese primer capítulo.

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Errores comunes en el primer capítulo

Cada historia es diferente, y buscar el comienzo apropiado para tu novela quizá te llevará tiempo. No hay fórmulas mágicas ni reglas infalibles, aunque los consejos que te he dado en el apartado anterior pueden ayudarte bastante para trabajar en ello. También hay errores habituales que los editores solemos encontrar en los capítulos de apertura y que quizá quieras evitar:

1. Falta de un personaje con el que identificarse

Tanto si decides abrir con una descripción del escenario, con una acción o con un monólogo del narrador, lo ideal es presentar al protagonista lo antes posible, para facilitar que el lector pueda conocerle y empezar a empatizar con él o ella. Es un error bastante habitual un primer capítulo lleno de descripciones o de explicaciones donde no hay ningún personaje con el que identificarse, o donde hay demasiados personajes, sin que ninguno destaque. Ese tipo de comienzo es arriesgado, hoy en día, porque no podemos confiar sin más en la paciencia del lector. Si no ofrecemos pronto al lector un personaje a través del cual experimentar la historia hay bastantes probabilidades de que pierda el interés. 

2. Ausencia de acción o conflicto

Y con esto no me refiero a que tu novela deba comenzar con una batalla o una escena de persecución, por ejemplo. La acción y el conflicto tienen que ver con el movimiento, la sensación de progreso de la trama y el cambio de signo. Es decir, la forma en la que el lector experimenta esa sensación de que «están pasando cosas» y de que la historia avanza. 

El conflicto en este primer capítulo puede consistir en un pequeño obstáculo al que nuestro protagonista debe enfrentarse y la acción en la reacción del personaje a dicho obstáculo. Ninguna de estas dos cosas tiene que ser grandiosa o épica para llamar la atención del lector; pueden consistir, sencillamente en, por ejemplo, ver al personaje obligado a tomar una decisión sobre algo que será relevante en su historia. 

3. Infodumping

Como te explicaba en esta publicación de Instagram, el «infodumping» es un volcado de información en bruto, es decir, que el lector siente como forzada y excesiva, y que le saca de la historia. 

Dosificar la información a lo largo de la trama es algo bastante difícil y en lo que irás cogiendo práctica a medida que vayas ganando experiencia, pero evitar el infodumping en el primer capítulo es bastante crucial para lograr ese efecto de «enganchar» al lector. Piensa que, si como te he dicho, lo más importante en un comienzo es encender la curiosidad del lector sobre tu historia, lo último que quieres es sepultar esa curiosidad bajo toneladas de información y explicaciones que, en mi experiencia, casi nunca son necesarias. 

Piensa muy bien y selecciona solo aquellos detalles que sean cruciales para que el lector sienta curiosidad por seguir leyendo. Ya tendrás tiempo más adelante de dar las explicaciones oportunas. 

Tener claros estos errores habituales puede ayudarte a no caer en ellos, aunque no te exime de cometer otros errores en ese primer capítulo. Pero, recuerda, que son esos mismos errores los que te están ayudando a aprender y mejorar en tu escritura. Y, además, el primer borrador está para eso: siéntete libre de cometer estos u otros fallos de tu cosecha. Ya tendrás tiempo de corregirlos después, durante la fase de revisión.

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Comienzos de novelas famosas

La mejor forma de aprender cómo construir el comienzo de tu historia, además de la práctica, es ver cómo otros escritores lo han hecho. Por eso te he recopilado aquí algunos principios de novelas interesantes.

Te invito a que leas algunos y te preguntes qué es aquello que te llama la atención de cada uno de ellos. 

El adversario, de Emmanuel Carrère

“La mañana del sábado 9 de enero de 1993, mientras Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito. Gabriel tenía cinco años, la edad de Antoine Romand. Luego fuimos a comer con mis padres, y Romand a casa de los suyos, a los que mató después de la comida. Pasé solo en mi estudio la tarde del sábado y el domingo, normalmente dedicados a la vida en común, porque estaba terminando un libro en el que trabajaba desde hacía un año: la biografía del novelista de ciencia ficción Philip K. Dick. El último capítulo contaba los días que había pasado en coma antes de morir.

Terminé el martes por la tarde y el miércoles por la mañana leí el primer artículo de Liberation dedicado al asunto Romand.”

La quinta estación, de N. K. Jemisin

“Empecemos por el fin del mundo. ¿Por qué no? Superémoslo y pasemos a cosas más interesantes.

Antes que nada, un final un tanto personal. Algo sobre lo que ella no podrá dejar de pensar una y otra vez en días venideros, la imagen de su hijo fallecido mientras intenta buscarle sentido a algo que carece de él. Cubrirá el cuerpecito roto de Uche con una manta (a excepción de la cara, porque le da miedo la oscuridad) y se sentará impasible junto a él, sin prestar atención al mundo que se acaba en el exterior. El mundo ya ha terminado en su interior, y no es la primera vez que experimenta alguno de estos dos finales. Está curtida en mil batallas.”

El túnel, de Ernesto Sabato

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.”

Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut

“Todo esto sucedió, más o menos. De todas formas, los partes de guerra son bastante más fieles a la realidad. Es cierto que un individuo al que conocí fue fusilado, en Dresde, por haber cogido una tetera que no era suya. Igualmente cierto es que otro individuo, al que también conocí, había amenazado a sus enemigos personales con matarlos por medio de pistoleros alquilados. Y así sucesivamente.”

Seda, de Alessandro Baricco

“Aunque su padre hubiera imaginado para él un brillante porvenir en el ejército, Hervé Joncour había acabado ganándose la vida con una insólita ocupación, tan amable que, por singular ironía, traslucía un vago aire femenino.

Para vivir, Hervé Joncour compraba y vendía gusanos de seda.”

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss

“Volvía a ser de noche. En la posada Roca de Guía reinaba el silencio, un silencio triple.

El silencio más obvio era una calma hueca y resonante, constituida por las cosas que faltaban. Si hubiera soplado el viento, este habría suspirado entre las ramas, habría hecho chirriar el letrero de la posada en sus ganchos y habría arrastrado el silencio calle abajo como arrastra las hojas caídas en otoño. Si hubiera habido gente en la posada, aunque solo fuera un puñado de clientes, ellos habrían llenado el silencio con su conversación y sus risas, y con el barullo y el tintineo propios de una taberna a altas horas de la noche. Si hubiera habido música… pero no, claro que no había música. De hecho, no había ninguna de esas cosas, y por eso persistía el silencio.”

Anna Karénina, de Lev Nikoláievich Tolstói

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, cada familia desdichada lo es a su manera.”

Hermana mía, mi amor, de Joyce Carol Oates

“Todas las familias disfuncionales se parecen. Es decir, son «supervivientes».

Soy el hijo «superviviente» de una familia norteamericana de infausta memoria, aunque lo más probable es que después de casi diez años no se acuerden ustedes de mí: Skyler.”

Ritos iguales, de Terry Pratchett

“Ésta es una historia sobre la magia, sobre lo que hace, y quizá más importante, sobre cómo surge y por qué, aunque la historia en sí no pretende responder a todas estas preguntas. A lo mejor ni siquiera a algunas de ellas.

En cambio, es posible que contribuya a explicar por qué Gandalf no se casó nunca, y por qué Merlín era un hombre. Porque esta historia también habla sobre el sexo, aunque no en el sentido atlético-deportista de cuenta-las-piernas-y-divide-por-dos, a menos que los personajes escapen por completo del control del autor. Que podría ser.

En cualquier caso es, por encima de todo, una historia sobre el mundo. Atención, que empieza. Ni pestañeéis, que los efectos especiales son de los caros.”

Orgullo y prejuicio, de Jane Austen

“Es una verdad universalmente aceptada que todo soltero en posesión de una gran fortuna necesita una esposa.

Aunque apenas se conozcan sus sentimientos u opiniones cuando llega a un vecindario, esa verdad está tan arraigada en la imaginación de las familias circundantes que todas le consideran propiedad legítima de una u otra de sus hijas.

—Mi querido señor Bennet —le dijo un día a éste su mujer⁠—, ¿sabes que por fin se ha arrendado Netherfield Park?”

Cuentos de Navidad, de Charles Dickens

“Para empezar, Marley estaba muerto. De eso no cabía la menor duda. En el acta de defunción figuraban las rúbricas del clérigo, el secretario, el director de la funeraria y la persona que presidía el duelo. También la de Scrooge. Y su nombre bastaba para validar en el Mercado de Valores todo cuanto deseara emprender. El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.”

La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker

“El día de la desaparición

(Sábado 30 de agosto de 1975)

—Central de policía, ¿es una emergencia?

—¿Oiga? Me llamo Deborah Cooper, vivo en Side Creek Lane. Creo que acabo de ver a una joven perseguida por un hombre en el bosque.

—¿Qué ha pasado exactamente?

—¡No lo sé! Estaba en la ventana, mirando hacia fuera, y de pronto he visto a esa chica corriendo entre los árboles. Había un hombre tras ella… Creo que intentaba escapar de él.

—¿Dónde están ahora?

—Pues… ya no los veo. Se han metido en el bosque.

—Enviamos una patrulla de inmediato, señora.

Esta llamada fue el comienzo del caso que estremeció a la ciudad de Aurora, en New Hampshire. Ese día Nola Kellergan, de quince años, una joven de la zona, desapareció. Nunca se volvió a saber de ella.”

El cuento de la criada, de Margaret Atwood

“Dormíamos en lo que, en otros tiempos, había sido el gimnasio. El suelo, de madera barnizada, tenía pintadas líneas y círculos correspondientes a diferentes deportes. Los aros de baloncesto todavía existían, pero las redes habían desaparecido. La sala estaba rodeada por una galería destinada al público; y tuve la impresión de que podía percibir, como en un vago espejismo, el olor acre del sudor mezclado con ese toque dulce de la goma de mascar y del perfume de las chicas que se encontraban entre el público, vestidas con faldas de fieltro (así las había visto yo en las fotos) más tarde con minifaldas, luego con pantalones, finalmente con un solo pendiente y peinadas con crestas de rayas verdes. Aquí se habían celebrado bailes; persistía la música, un palimpsesto de sonidos que nadie escuchaba, un estilo tras otro, un fondo de batería, un gemido melancólico, guirnaldas de flores hechas con papel de seda, demonios de cartón, una bola giratoria de espejos que salpicaba a los bailarines con copos de luz.”

El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald

“Cuando yo era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces.

«Antes de criticar a nadie», me dijo, «recuerda que no todo el mundo ha tenido las ventajas que has tenido tú».”

El extranjero, de Albert Camus

“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.”

La senda del perdedor, de Charles Bukowski

“La primera cosa que recuerdo es estar debajo de algo. Era una mesa, veía la pata de una mesa, veía las piernas de la gente, y una parte del mantel colgando. Estaba oscuro allí debajo, me gustaba estar ahí. Debió haber sido en Alemania, yo debía tener entre uno y dos años de edad. Era en 1922. Me sentía bien bajo la mesa. Nadie parecía darse cuenta de que yo estaba allí. La luz del sol se reflejaba en la alfombra y en las piernas de la gente. Me gustaba la luz del sol. Las piernas de la gente no eran interesantes, no eran como el trozo de mantel que colgaba, ni como la pata de la mesa, ni como la luz del sol.”

Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson

“Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.”

Ready Player One, de Ernest Cline

“Quienes tienen mi misma edad recuerdan dónde estaban y qué hacían la primera vez que oyeron hablar del concurso. Cuando en el canal de vídeo apareció un flash informativo anunciando que James Halliday había muerto esa noche, yo me encontraba viendo dibujos animados en mi escondite.”

El Perfume, de Patrick Süskind

“En el siglo XVIII vivió en Francia uno de los hombres más geniales y abominables de una época en que no escasearon los hombres abominables y geniales. Aquí relataremos su historia. Se llamaba Jean-Baptiste Grenouille y si su nombre, a diferencia del de otros monstruos geniales como De Sade, Saint-Just, Fouchè, Napoleón, etcétera, ha caído en el olvido, no se debe en modo alguno a que Grenouille fuera a la zaga de estos hombres célebres y tenebrosos en altanería, desprecio por sus semejantes, inmoralidad, en una palabra, impiedad, sino a que su genio y su única ambición se limitaban a un terreno que no deja huellas en la historia: al efímero mundo de los olores.”

Los juegos del hambre, de Suzanne Collins

“Cuando me despierto, el otro lado de la cama está frío. Estiro los dedos buscando el calor de Prim, pero no encuentro más que la basta funda de lona del colchón. Seguro que ha tenido pesadillas y se ha metido en la cama de nuestra madre; claro que sí, porque es el día de la cosecha.”

La amiga estupenda, de Elena Ferrante

“Aquella vez en que Lila y yo decidimos subir las escaleras oscuras que llevaban, peldaño a peldaño, tramo a tramo, hasta la puerta del apartamento de don Achille, comenzó nuestra amistad.”

Las chicas, de Emma Cline

“Todo empieza con el Ford subiendo al ralentí por el estrecho camino; el dulce murmullo de la madreselva espesa el aire de agosto. Las chicas van en el asiento de atrás, cogidas de la mano, con las ventanillas del coche bajadas para que entre la humedad de la noche. La radio suena hasta que el conductor, nervioso de repente, la apaga.”

Misery, de Stephen King

“smbrrra cunndo

stsssen smbrrr cunnndo

ljjjossstcunndo

Esos sonidos surgían de la niebla.

Algunas veces, los sonidos, como el dolor, se desvanecían y entonces quedaba solo aquella bruma. Recordaba la oscuridad, la sólida oscuridad que la había precedido. ¿Eso significaba que estaba mejorando? ¿Hágase la luz, aunque esté brumosa? Pero la luz era buena… Así una y otra vez… ¿Existían esos sonidos en la oscuridad? No encontraba respuesta a esas preguntas. ¿Tenía sentido hacérselas? Tampoco a esto podía responder.”

Eleanor & Park, de Rainbow Rowell

“XTC no bastaba para ahogar el escándalo que armaban los idiotas de las últimas filas.

Park se ajustó los auriculares a los oídos.

Al día siguiente se llevaría Skinny Puppy o los Misfits. O quizás grabase una cinta especial para el autobús escolar con la música más cañera que encontrase.”

Maldito karma, de David Safier

“El día de mi muerte no tuvo ninguna gracia. Y no sólo porque me muriera. Para ser exactos, eso ocupó como mucho el puesto número seis de los peores momentos del día. En el puesto número cinco se situó el instante en que Lilly me miró con ojos de sueño y me preguntó:

—¿Por qué no te quedas en casa, mamá? ¡Hoy es mi cumpleaños!”

Los pilares de la Tierra, de Ken Follett

“Los chiquillos llegaron temprano para el ahorcamiento.

Todavía estaba oscuro cuando los tres o cuatro primeros se escurrieron con cautela de las covachas, sigilosos como gatos, con sus botas de fieltro. El pequeño pueblo aparecía cubierto por una ligera capa de nieve reciente, como si le hubiesen dado una nueva mano de pintura y sus huellas fueron las primeras en manchar su inmaculada superficie. Se encaminaron a través de las arracimadas chozas de madera y a lo largo de las calles de barro helado hasta la silenciosa plaza del mercado donde esperaba la horca.”

1984, de George Orwell

“Era un día frío y luminoso de abril y los relojes estaban dando las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en un esfuerzo por escapar al desagradable viento, pasó a toda prisa entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no lo bastante rápido para impedir que se colara tras él un remolino de polvo y suciedad.”

La ladrona de libros, de Markus Zusak

“Primero los colores.

Luego los humanos.

Así es como acostumbro a ver las cosas.

O, al menos, así intento verlas.

UN PEQUEÑO DETALLE:

Morirás.”

El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger

“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. ”

Un mundo feliz, de Aldous Huxley

“Un edificio gris, achaparrado, de sólo treinta y cuatro plantas. Encima de la entrada principal las palabras: CENTRO DE INCUBACIÓN Y CONDICIONAMIENTO DE LA CENTRAL DE LONDRES, y, en un escudo, la divisa del Estado Mundial: COMUNIDAD, IDENTIDAD, ESTABILIDAD.”

Tiempos de Swing, de Zadie Smith

“Fue el primer día de mi humillación. Me metieron en un vuelo de vuelta a casa, a Inglaterra, y me instalaron temporalmente en un piso de alquiler en St. John’s Wood. Era un octavo, las ventanas daban al estadio de críquet. Lo habían elegido, creo, por el conserje, que ahuyentaba a los curiosos. No salí para nada. El teléfono de la pared de la cocina sonaba una y otra vez, pero me advirtieron que no contestara y que dejara el móvil apagado.”

La metamorfosis, de Franz Kafka

“Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el que casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto.

—¿Qué me ha ocurrido?”

Bajo la misma estrella, de John Green

“A finales del invierno de mi decimoséptimo año de vida, mi madre llegó a la conclusión de que estaba deprimida, seguramente porque apenas salía de casa, pasaba mucho tiempo en la cama, leía el mismo libro una y otra vez, casi nunca comía y dedicaba buena parte de mi abundante tiempo libre a pensar en la muerte.”

La conjura de los necios, de John Kennedy Toole

“Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso. Las orejeras verdes, llenas de unas grandes orejas y pelo sin cortar y de las finas cerdas que brotaban de las mismas orejas, sobresalían a ambos lados como señales de giro que indicasen dos direcciones a la vez. Los labios, gordos y bembones, brotaban protuberantes bajo el tupido bigote negro y se hundían en sus comisuras, en plieguecitos llenos de reproche y de restos de patatas fritas. En la sombra, bajo la visera verde de la gorra, los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilly miraban a las demás personas que esperaban bajo el reloj junto a los grandes almacenes D. H. Holmes, estudiando a la multitud en busca de signos de mal gusto en el vestir. Ignatius percibió que algunos atuendos eran lo bastante nuevos y lo bastante caros como para ser considerados sin duda ofensas al buen gusto y la decencia. La posesión de algo nuevo o caro sólo reflejaba la falta de teología y de geometría de una persona. Podía proyectar incluso dudas sobre el alma misma del sujeto.”

Solaris, de Stanislaw Lem

“A las diecinueve horas, hora local en la nave, descendí los peldaños metálicos hasta el interior de la cápsula, tras cruzarme con quienes estaban reunidos alrededor del pozo. Dentro, disponía del espacio justo para elevar los codos. Una vez introducida la boquilla dentro del tubo que salía de la pared, la escafandra se infló y a partir de ese momento ya no fui capaz de ejecutar ni el más mínimo movimiento. Permanecí de pie —o, más bien, suspendido— en el lecho de aire, íntegramente fundido con la carcasa de metal.”

El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence

“La nuestra es esencialmente una época trágica, así que nos negamos a tomarla por lo trágico. El cataclismo se ha producido, estamos entre las ruinas, comenzamos a construir hábitats diminutos, a tener nuevas esperanzas insignificantes. Un trabajo no poco agobiante: no hay un camino suave hacia el futuro, pero le buscamos las vueltas o nos abrimos paso entre los obstáculos. Hay que seguir viviendo a pesar de todos los firmamentos que se hayan desplomado.

Esta era, más o menos, la posición de Constance Chatterley. La guerra le había derrumbado el techo sobre la cabeza. Y ella se había dado cuenta de que hay que vivir y aprender.”

Cumbres borrascosas, de Emily Brontë

“Acabo de volver de una visita al casero… el único vecino a quien tendré que aguantar. ¡Desde luego, es hermosa esta región! No creo que hubiera podido elegir en toda Inglaterra un sitio tan apartado por completo del bullicio social. Un paraíso perfecto para misántropos, y el señor Heathcliff y yo somos la pareja ideal para repartirnos la desolación entre nosotros. ¡Un tipo extraordinario! Lo que menos se ha podido imaginar es cómo simpatizaba con él cuando vi sus ojos negros retirarse con tanto recelo bajo las cejas al acercarme a caballo, y cuando sus dedos se refugiaban con celosa resolución, aún más adentro en su chaleco, al anunciar mi nombre.

—¿El señor Heathcliff? —pregunté.”

Tokio blues, de Haruki Murakami

“Yo entonces tenía treinta y siete años y me encontraba a bordo de un Boeing 747. El gigantesco avión había iniciado el descenso atravesando unos espesos nubarrones y ahora se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Hamburgo. La fría lluvia de noviembre teñía la tierra de gris y hacía que los mecánicos cubiertos con recios impermeables, las banderas que se erguían sobre los bajos edificios del aeropuerto, las vallas que anunciaban los BMW, todo, se asemejara al fondo de una melancólica pintura de la escuela flamenca. «¡Vaya! ¡Otra vez en Alemania!», pensé.”

Demian, de Hermann Hesse

“Para contar mi historia he de empezar muy atrás. Si me fuera posible, debería retroceder aún mucho más, hasta los primeros años de mi infancia, e incluso más allá en la lejanía de mi ascendencia.”

Metafísica de los tubos, de Amélie Nothomb

“En el principio no había nada. Y esa nada no estaba ni vacía ni era indefinida: se bastaba sola a sí misma. Y Dios vio que aquello era bueno. Por nada del mundo se le habría ocurrido crear algo. La nada era más que suficiente: lo colmaba.”

Mujercitas, de Louisa May Alcott

“—Sin regalos, la Navidad no será lo mismo —refunfuñó Jo, tendida sobre la alfombra.

—¡Ser pobre es horrible! —suspiró Meg contemplando su viejo vestido.

—No me parece justo que unas niñas tengan muchas cosas bonitas mientras que otras no tenemos nada —añadió la pequeña Amy con aire ofendido.

—Tenemos a papá y a mamá, y además nos tenemos las unas a las otras —apuntó Beth tratando de animarlas desde su rincón.

Al oír aquellas palabras de aliento, los rostros de las cuatro jóvenes, reunidas en torno a la chimenea, se iluminaron un instante, pero se ensombrecieron de inmediato cuando Jo dijo apesadumbrada:

—Papá no está con nosotras y eso no va a cambiar por una buena temporada. —No se atrevió a decir que tal vez no volviesen a verle nunca más, pero todas lo pensaron, al recordar a su padre, que estaba tan lejos, en el campo de batalla.”

Las ratas, de Miguel Delibes

“Poco después de amanecer, el Nini se asomó a la boca de la cueva y contempló la nube de cuervos reunidos en concejo. Los tres chopos desmochados de la ribera, cubiertos de pajarracos, parecían tres paraguas cerrados con las puntas hacia el cielo. Las tierras bajas de don Antero, el Poderoso, negreaban en la distancia como una extensa tizonera.”

Jane Eyre, de Charlotte Brontë

“Aquel día no hubo manera de dar un paseo. El caso es que por la mañana anduvimos deambulando una hora entre los pelados arbustos; pero después de comer —y la señora Reed, cuando no había invitados, comía pronto—, el helado viento invernal había acarreado unas nubes tan sombrías y una lluvia tan penetrante que volver a poner el pie fuera de casa era algo que a nadie se le pasaba por la cabeza.”

Los miserables, de Victor Hugo

“En 1815, Charles-François-Bienvenu Myriel era obispo de Digne. Era un anciano que rondaba los setenta y cinco años; llevaba al cargo de la diócesis de Digne desde 1806.

Por más que se trate de un detalle sin relación alguna con el fondo propiamente dicho de lo que queremos relatar, no será quizá ocioso, aunque no fuera más que para no faltar en nada a la exactitud, que dejemos constancia aquí de los rumores y los dichos que acerca de él corrieron cuando llegó a la mencionada diócesis. Bien sea cierto, bien sea falso, lo que de los hombres se dice ocupa con frecuencia tanto espacio en sus vidas, y sobre todo en sus destinos, como aquello que hacen. ”

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. ”

Lolita, de Vladimir Nabokov

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.”

Las uvas de la ira, de John Steinbeck

“LAS ÚLTIMAS lluvias cayeron con suavidad sobre los campos rojos y parte de los campos grises de Oklahoma, y no hendieron la tierra llena de cicatrices. Los arados cruzaron una y otra vez por encima de las huellas dejadas por los arroyos. Las últimas lluvias hicieron crecer rápidamente el maíz y salpicaron las orillas de las carreteras de hierbas y maleza, hasta que el gris y el rojo oscuro de los campos empezaron a desaparecer bajo una manta de color verde. A finales de mayo el cielo palideció y las rachas de nubes altas que habían estado colgando tanto tiempo durante la primavera se disiparon. El sol ardió un día tras otro sobre el maíz que crecía hasta que una línea marrón tiñó el borde de las bayonetas verdes. Las nubes aparecieron, luego se trasladaron y después de un tiempo ya no volvieron a asomar. La maleza intentó protegerse oscureciendo su color verde y cesó de extenderse. Una costra cubrió la superficie de la tierra, una costra delgada y dura, y a medida que el cielo palidecía, la tierra palideció también, rosa en el campo rojo y blanca en el campo gris.”

Madame Bovary, de Gustave Flaubert

“Nos encontrábamos en la sala de estudio, cuando entró el director seguido de un «novato» con atuendo provinciano y de un bedel que traía un gran pupitre. Los que dormitaban se espabilaron, y todos nos pusimos en pie como sorprendidos en nuestro trabajo.

El director nos indicó que volviéramos a sentarnos; entonces, dirigiéndose al prefecto de estudios, le dijo a media voz:

—Monsieur Roger, le traigo a este alumno para que se incorpore con los demás. Entra en quinto. Si su trabajo y su conducta le hacen acreedor a ello, pasará a la clase de los mayores, como corresponde a su edad.”

La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón

“Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.

—Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie —advirtió mi padre—. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.

—¿Ni siquiera a mamá? —inquirí yo, a media voz.”

La plaza del Diamante, de Mercé Rodoreda

“La Julieta vino expresamente a la pastelería para decirme que, antes de rifar el ramo, rifarían cafeteras; que ella ya las había visto: preciosas, blancas, con una naranja pintada, cortada por la mitad, enseñando los gajos. Yo no tenía ganas de ir a bailar, ni tenía ganas de salir, porque me había pasado el día despachando dulces, y las puntas de los dedos me dolían de tanto apretar cordeles dorados y de tanto hacer nudos y lazadas. Y porque conocía a la Julieta, que no tenía miedo a trasnochar y que igual le daba dormir que no dormir. Pero me hizo acompañarla quieras que no, porque yo era así, que sufría si alguien me pedía algo y tenía que decirle que no. Iba de blanco de pies a cabeza; el vestido y las enaguas almidonadas, los zapatos como un sorbo de leche, las arracadas de pasta blanca, tres pulseras de aro que hacían juego con las arracadas y un bolso blanco, que la Julieta me dijo que era de hule, con el cierre haciendo como una concha de oro.”

La guerra de los mundos, de H. G. Wells

“En los últimos años del siglo diecinueve nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él; que mientras los hombres se ocupaban de sus cosas eran estudiados quizá tan a fondo como el sabio estudia a través del microscopio las pasajeras criaturas que se agitan y multiplican en una gota de agua. Con infinita complacencia, la raza humana continuaba sus ocupaciones sobre este globo, abrigando la ilusión de su superioridad sobre la materia. Es muy posible que los infusorios que se hallan bajo el microscopio hagan lo mismo. Nadie supuso que los mundos más viejos del espacio fueran fuente de peligro para nosotros, o si pensó en ellos, fue sólo para desechar como imposible o improbable la idea de que pudieran estar habitados. Resulta curioso recordar algunos de los hábitos mentales de aquellos días pasados. ”

La copa dorada, de Henry James

“Cuando pensaba en ello, el Príncipe se daba cuenta de que Londres siempre le había gustado. El Príncipe era uno de esos romanos modernos que encuentran junto a las orillas del Támesis una imagen más convincente de la fidelidad del antiguo estado que la que habían dejado junto a las orillas del Tíber. Formado en la leyenda de aquella ciudad a la que el mundo entero rendía tributo, veía en el actual Londres, mucho más que en la contemporánea Roma, la verdadera dimensión del concepto de Estado. Se decía el Príncipe que, si se trataba de una cuestión de Imperium, y si uno quería, como romano, recobrar un poco ese sentido, el lugar al que debía ir era al Puente de Londres y, mejor aún, si era en una hermosa tarde de mayo, al Hyde Park Corner. ”

La dama de blanco, de Wilkie Collins

“Era el último día de Julio. El largo y caliente verano llegaba a su término, y nosotros, los fatigados peregrinos de las empedradas calles de Londres, pensábamos en los campos de cereales sombreados por las nubes o en las brisas de otoño a orillas del mar.

En lo que a mí se refiere, el agonizante verano me estaba quitando la salud, el buen humor y, si he de decir la verdad, también dinero. Durante el último año no administré mis ingresos tan cuidadosamente como otras veces, y esa imprevisión me obligaba ahora a pasar el otoño de la manera más económica entre la casa de campo que poseía mi madre en Hampstead y mi apartamento en la ciudad.”

La oscura historia de la prima Montse, de Juan Marsé

“El verano pasado, el viejo chalet de tía Isabel fue condenado al derribo. Cercado por rugientes excavadoras y piquetas, aquel jardín que el desnivel de la calle siempre le mostró en un prestigioso equilibrio sobre la avenida Virgen de Montserrat, al ser ésta ampliada quedó repentinamente como un balcón vetusto y fantasmal colgado en el vacío, derramando un pasado de aromas pútridos y anticuados ornamentos florales, soltando tierra y residuos de agua sucia por las heridas de sus flancos. Grandes montones de tierra rojiza se acumulaban alrededor de la señorial torre, que aún no había sido tocada: seguía en pie su arrogante silueta, su apariencia feliz y ejemplar. Pero dentro, en una de sus vacías estancias de altísimo techo, sólo quedaba una gran cama revuelta, una raqueta de tenis agujereada y libros apilados en el suelo. Fachada, he aquí lo único que les quedaba a los Claramunt.”

El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso

“Misiá Raquel Ruiz lloró muchísimo cuando la madre Benita la llamó por teléfono para contarle que la Brígida había amanecido muerta. Después se consoló un poco y pidió más detalles:

—La Amalia, esa mujercita tuerta que medio la servía, no sé si se acuerda de ella…

—Cómo no, la Amalia…

—Bueno, como le digo, la Amalia le hizo su tacita de té bien cargado, como a ella le gustaba de noche, y dice la Amalia que la Brígida se quedó dormida al tiro, tranquilita como siempre. Parece que antes de acostarse había estado zurciendo una camisa de dormir preciosa de raso color crema…”

Patria, de Fernando Aramburu

“Ahí va la pobre, a romperse en él. Lo mismo que se rompe una ola en las rocas. Un poco de espuma y adiós. ¿No ve que ni siquiera se toma la molestia de abrirle la puerta? Sometida, más que sometida.

Y esos zapatos de tacón y esos labios rojos a sus cuarenta y cinco años, ¿para qué? Con tu categoría, hija, con tu posición y tus estudios, ¿qué te lleva a comportarte como una adolescente? Si el aita levantara la cabeza…

En el momento de subir al coche, Nerea dirigió la vista hacia la ventana tras cuyo visillo supuso que su madre, como de costumbre, estaría observándola. ”

El viejo y el mar, de Ernest Hemingway

“Era una vez un viejo solo en su barca, que pescaba en medio del Gulf Stream. Durante ochenta y cuatro días no había pescado un pez. En los primeros cuarenta días lo acompañó un muchacho. Pero, después de todo este tiempo sin pescar, los padres del chico declararon que el viejo estaba decidida e irremediablemente salao, lo que era la peor forma de tener el cenizo. En consecuencia, el mozo fue enrolado en otra barca que, en una semana, pescó tres buenos peces.”

Nada, de Carmen Laforet

“Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado y no me esperaba nadie.”

David Copperfield, de Charles Dickens

“Si llegaré a ser el héroe de mi propia vida u otro ocupará ese lugar, lo mostrarán estas páginas. Para comenzar por el principio el relato de mi vida, diré que nací (según me contaron y así lo creo) un viernes, a las doce de la noche. Un detalle que no pasó inadvertido fue que el reloj empezase a sonar y yo a llorar al mismo tiempo.”

Misericordia, de Benito Pérez Galdós

“Dos caras, como algunas personas, tiene la parroquia de San Sebastián…mejor será decir la iglesia… dos caras que seguramente son más graciosas que bonitas: con la una mira a los barrios bajos, enfilándolos por la calle de Cañizares; con la otra al señorío mercantil de la Plaza del Ángel. Habréis notado en ambos rostros una fealdad risueña, del más puro Madrid, en quien el carácter arquitectónico y el moral se aúnan maravillosamente. En la cara del Sur campea, sobre una puerta chabacana, la imagen barroca del santo mártir, retorcida, en actitud más bien danzante que religiosa; en la del Norte, desnuda de ornatos, pobre y vulgar, se alza la torre, de la cual podría creerse que se pone en jarras, soltándole cuatro frescas a la Plaza del Ángel. ”

Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino

“Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo enseguida, a los demás: «¡No, no quiero ver la televisión!». Alza la voz, si no te oyen: «¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!». Quizá no te han oído, con todo ese estruendo; dilo más fuerte, grita: «¡Estoy empezando a leer la nueva novela de Italo Calvino!». O no lo digas si no quieres; esperemos que te dejen en paz.”

Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar

“Querido Marco:

He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen debía hacerse en ayunas; habíamos convenido encontrarnos en las primeras horas del día. Me tendí sobre un lecho luego de despojarme del manto y la túnica. Te evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mí mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de una hidropesía del corazón. Digamos solamente que tosí, respiré y contuve el aliento conforme a las indicaciones de Hermógenes, alarmado a pesar suyo por el rápido progreso de la enfermedad, y pronto a descargar el peso de la culpa en el joven Iollas, que me atendió durante su ausencia. Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre. El ojo de Hermógenes sólo veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de sangre. ”

El tambor de hojalata, de Günter Grass

“Pues sí: soy huésped de un sanatorio. Mi enfermero me observa, casi no me quita la vista de encima; porque en la puerta hay una mirilla; y el ojo de mi enfermero es de ese color castaño que no puede penetrar en mí, de ojos azules.”

La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera

“La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?”

Hijos de la medianoche, de Salman Rushdie

“Nací en la ciudad de Bombay… hace mucho tiempo. No, no vale, no se puede esquivar la fecha: nací en la clínica particular del doctor Narlikar el 15 de agosto de 1947. ¿Y la hora? La hora es también importante. Bueno, pues de noche. No, hay que ser más… Al dar la medianoche, para ser exactos. Las manecillas del reloj juntaron sus palmas en respetuoso saludo cuando yo llegué. Vamos, explícate, explícate: en el momento mismo en que la India alcanzaba su independencia, yo entré dando tumbos en el mundo. Hubo boqueadas de asombro. Y, al otro lado de la ventana, cohetes y multitudes. Unos segundos más tarde, mi padre se rompió el dedo gordo del pie, pero su accidente fue una simple bagatela comparado con lo que había caído sobre mí en ese momento tenebroso, porque, gracias a la oculta tiranía de aquellos relojes que saludaban con suavidad, había quedado misteriosamente maniatado a la Historia, y mi destino indisolublemente encadenado al de mi país. Durante los tres decenios siguientes no habría escapatoria. Los adivinos me habían profetizado, los periódicos habían celebrado mi llegada y los politicastros ratificado mi autenticidad. A mí no me dejaron decir absolutamente nada. Yo, Saleem Sinai, diversamente llamado luego Mocoso, Carasucia, Calvorota, Huelecacas, Buda y hasta Cacho-de-Luna, había quedado estrechamente enredado con el Destino: en el mejor de los casos, una relación peligrosa. Y en aquella época ni siquiera sabía sonarme la nariz.”

Dublineses, de James Joyce

“No había esperanza esta vez: era la tercera embolia. Noche tras noche pasaba yo por la casa (eran las vacaciones) y estudiaba el alumbrado cuadro de la ventana: y noche tras noche lo veía iluminado del mismo modo débil y parejo. Si hubiera muerto, pensaba yo, vería el reflejo de las velas en las oscuras persianas, ya que sabía que se deben colocar dos cirios a la cabecera del muerto. A menudo él me decía: «No me queda mucho en este mundo», y yo pensaba que hablaba por hablar. Ahora supe que decía la verdad. Cada noche al levantar la vista y contemplar la ventana me repetía a mí mismo en voz baja la palabra «parálisis». Siempre me sonaba extraña en los oídos, como la palabra gnomón en Euclides y la «simonía» del catecismo. Pero ahora me sonó a cosa mala y llena de pecado. Me dio miedo y, sin embargo, ansiaba observar de cerca su trabajo maligno.”

La casa de los espíritus, de Isabel Allende

“Barrabás llegó a la familia por vía marítima, anotó la niña Clara con su delicada caligrafía. Ya entonces tenía el hábito de escribir las cosas importantes y más tarde, cuando se quedó muda, escribía también las trivialidades, sin sospechar que cincuenta años después, sus cuadernos me servirían para rescatar la memoria del pasado y para sobrevivir a mi propio espanto. El día que llegó Barrabás era jueves Santo. Venía en una jaula indigna, cubierto de sus propios excrementos y orines, con una mirada extraviada de preso miserable e indefenso, pero ya se adivinaba —por el porte real de su cabeza y el tamaño de su esqueleto— el gigante legendario que llegó a ser. ”

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